Miquel Ortega Cerdà | Fundació ENT

Escribo esta editorial en plena emergencia por coronavirus. Ya hace días que en ENT todos trabajamos desde casa e intentamos mantener ese equilibrio tan difícil entre convivir confinados con nuestras familias y continuar llevando a cabo nuestros proyectos profesionales.

Muchos de vosotros os encontráis en situaciones similares, así que estoy convencido de que compartís conmigo la sensación de que las primeras semanas sobre todo nos han servido para ajustar los aspectos más pragmáticos de nuestra vida, y adaptarnos mentalmente a la nueva situación. Yo, justo ahora estoy empezando a levantar la mirada y pensar sobre qué implicaciones ambientales tendrán las medidas tomadas para luchar contra la enfermedad. Todavía es muy temprano, pero quizás ya estemos en condiciones de dar un primer vistazo al panorama.

ENT hemos apoyado desde el primer momento el análisis y comunicación diaria de los niveles de contaminación en Barcelona (mediante el proyecto contaminació.barcelona). Hemos podido ver cómo en cuestión de días los niveles de NO2 bajaban más del 50% en las estaciones de tráfico, quedándose en niveles inéditos. Siete entre los veinte días menos contaminantes de los últimos veinte años corresponden a los niveles registrados la última semana con las medidas de confinamiento en vigor. Si alguien tenía alguna duda de que la contaminación en Barcelona estaba directamente vinculada a la movilidad se le han acabado los argumentos.

También hemos visto, mediante nuestros proyectos en el Mediterráneo, que el sector pesquero está sufriendo muchísimo las consecuencias de esta crisis. La compra de pescado fresco se ha desplomado. Ayer una cofradía nos explicaba que habían tirado 3.000 kg de pescado porque no tenía compradores. Cada vez más cofradías dejan de trabajar o disminuyen mucho su capacidad. De hecho, muchas embarcaciones pequeñas no pueden cumplir las distancias mínimas necesarias para garantizar la salud de sus tripulantes. Mientras tanto, un efecto colateral que seguro que se está produciendo es la recuperación del stock pesquero. La situación de partida era muy preocupante, casi el 80% de los stocks evaluados en el Mediterráneo están sobrepescados. Sin embargo, todavía no sabemos hasta qué punto esta recuperación será importante o no, dependerá en buena parte de cuánto tiempo dure esta situación, y de si cuando se supere la crisis no nos lanzamos a una «carrera olímpica» a ver quién pesca más en menos tiempo.

Son sólo dos ejemplos de las implicaciones ambientales de la crisis, y seguramente habrá muchas otras. Por ejemplo, ¿cómo afectará al medio natural no urbano el hecho de que de repente la especie humana haya desaparecido (pienso en Collserola, en los cauces del Besòs y Llobregat, en el Montseny, en tantos y tantos espacios protegidos)? Todavía es pronto para saberlo. Mientras tanto hemos visto ya numerosos vídeos de renaturalizaciones temporales espontáneas en la ciudad. De repente han aparecido en las calles jabalíes, pavos, patos, ardillas, etc. No es la hora del plantoceno del que nos hablaba Paula Bruna en el número de arte de la revista Ecologia Política, pero la crisis nos plantea hasta qué punto los humanos mantenemos los animales de nuestro entorno fuera de las ciudades con una presión constante hacia el exterior. Tenemos permanentemente una barrera de movilidad y ruido rodeando las ciudades y ni siquiera nos damos cuenta. En cuestión de pocos días de pausa los animales están volviendo a explorar qué hay en estos lugares tan extraños que llamamos ciudades. Me recuerda la primera fase de la recolonización natural de las urbanizaciones abandonadas por el crack de 2008.

En todo caso no es así como quisiéramos resolver la excesiva presión humana sobre el medio natural. Está siendo un aprendizaje cruel de hasta qué punto nos habíamos olvidado de cómo nuestra sociedad y la economía están integrados en el medio ambiente. En este sentido ha sido una gran «victoria moral» de los economistas ecológicos que durante años nos han recordado insistentemente que la economía no se relaciona con la naturaleza solo como un sistema en el que entran y salen recursos naturales y residuos; la economía y la sociedad están insertos en la naturaleza. Decididamente tenían razón.

La crisis me ha recordado una clasificación que utilizaba Joan Martínez Alier, uno de los fundadores internacionales de la economía ecológica y la ecología política -que sigue siendo insuficientemente reconocido en Cataluña-, durante la crisis económica de 2008. Planteaba que la economía tenía tres niveles: la economía financiera o especulativa -que podía crecer indefinidamente a base de la generación de deuda-; la economía «productiva» o «real», que es en la que usualmente pensamos; y la economía «real-real», que era la base material y energética de la economía productiva. Creo que en esta ocasión quizás se quedó corto. Para mantener «la economía productiva» la crisis del coronavirus ha evidenciado que la economía no solo necesita de flujos de energía y materiales; necesitamos entender que la economía es parte de una compleja red de relaciones biológicas que interconectan más que nunca el mundo de los humanos con el resto de la naturaleza -no solo ha aumentado la interconexión de bits, también la de la naturaleza. Definitivamente si hoy en día alguien no ha entendido que la economía depende de las relaciones con el resto de seres no humanos, ya no sé qué más hay que hacer.

Creo que esta reinterpretación de la vinculación entre naturaleza y economía es una razón suficientemente poderosa para tratar de salir de esta crisis con vías más respetuosas con esta relación y no contrarias. Habrá muchas tentaciones para detener las reformas ambientales, en lugar de continuar acelerando la transición ecológica que apenas se empezaba a intuir. Nos encontraremos frente al clásico falso dilema donde se pone en contraposición la crisis social y las políticas ambientales. ¿No ha quedado suficientemente claro que esta oposición es caduca? A ver si en lugar de caer de nuevo en ella, salimos de la crisis gracias a una aceleración de la transición ecológica que también dará empleo y nos permitirá de una vez por todas entender que no podemos prescindir de nuestro entorno como si fuéramos extra-terrestres.

No, no podemos ser extra-terrestres y no podemos aislarnos indefinidamente del resto y de la naturaleza. El aislacionismo no puede ser la salida. La naturaleza es nuestra aliada, aunque en demasiadas ocasiones la hemos ignorado, y ahora un virus es nuestro enemigo. Me gusta recordar un dato de un estudio publicado en 2018 que dice que solo un 43% de nuestras células son humanas, el resto son básicamente seres microscópicos colonialistas. Solo la mitad de los humanos es humano. Nos guste o no somos naturaleza y casi siempre nos aporta vida y felicidad, no desgracia como este virus. Nuestra sociedad y economía están dentro de la naturaleza y por consiguiente simular una salida en su contra sería no sólo una falsa salida sino seguro contraproducente.

Esta crisis ha puesto de nuevo en la esfera pública la necesidad de proteger la vida: con sistemas sanitarios eficientes, con unas relaciones intergeneracionales reforzadas, con la necesidad de desarrollar los cuidados de aquellos con quienes convivimos, con la revalorización de las medidas colectivas y dando el justo valor a los ejemplos de generosidad y cooperación que hemos visto estos días. Creo que haríamos bien en apostar por una relación más saludable con el medio como parte de esta revalorización de la vida.

Quisiera terminar este editorial enviando muchos ánimos a todos los lectores del ENTvío y sus familiares, y muy especialmente a todos aquellos que quizás estén enfermos y seguro que pronto lo superaréis. Y como no puede ser de otra manera también quiero aprovechar estas líneas para agradecer de todo corazón a todos los profesionales del ámbito sanitario, pero también de los otros servicios básicos, que están haciendo posible el funcionamiento de nuestra sociedad en un contexto muy difícil. Entre todos superaremos esta crisis, y habrá sido en buena parte gracias a vosotros.