Lydia Chaparro | Fundació ENT
 
A principios de febrero la cadena de supermercados Carrefour España anunció que dejaría de vender panga en sus establecimientos alegando que era una medida preventiva debido a los efectos nocivos medioambientales de su producción en acuicultura. El comunicado de esta cadena indicaba: «Dadas las dudas que existen sobre el adverso impacto de las granjas de panga en el medio ambiente, hemos decidido dejar de vender este pescado».

Una oportunidad de oro para que por fin los medios de comunicación hablasen de consumo de pescado e informasen de los impactos socio-ambientales que generan algunos de los sistemas de producción actuales. Sin embargo, la cuestión no se centró en estos aspectos esenciales, sino que una vez más el protagonismo se centró en los efectos sobre nuestra salud, omitiendo que muchas otras especies presentes en nuestros mercados generan tanto o más daño al medio ambiente que el panga y que nuestro modelo de consumo actual es claramente insostenible. “Nuestra” salud volvió a ganarle el protagonismo a la salud de nuestros ecosistemas.

Pero antes de continuar ¿Qué es el panga?

En poco más de 10 años el panga (Pangasius spp.) ha pasado de ser un pescado casi desconocido a ser uno de los productos de la pesca más comercializados en el mundo. Se trata de un pescado blanco con pocas espinas que llega a nuestros comercios principalmente en forma de filetes congelados o refrigerados procedente del sureste asiático, mayoritariamente de Vietnam.

El panga es una especie de agua dulce que ha sido tradicionalmente cultivada por campesinos del Delta del Mekong -situado entre Vietnam y China- para el autoconsumo, venta local y exportación a las regiones cercanas. Sin embargo, el desarrollo económico y el bajo coste de su producción han propiciado que el cultivo de panga pasase en pocos años a ser un comercio a escala global. Hoy en día, la gran mayoría del panga que llega a nuestros mercados procede de la acuicultura intensiva, que se cultiva en cajas flotantes en ríos, charcas o en balsas excavadas en tierra con densidades de cultivo muy elevadas.

Un metro cúbico de agua puede contener hasta 120 kg de panga. Un dato alarmante desde el punto de vista del bienestar animal, pero también desde el punto de vista ambiental por los impactos que produce su alimentación con piensos (que pueden contener trazas de soja o maíz transgénicos) y por la contaminación generada por la propia actividad acuícola (químicos, medicamentos, residuos y excrementos) que acaba afectando a los ecosistemas acuáticos. Si tenemos en cuenta además que el río Mekong -donde se cultiva la gran mayoría del panga- es uno de los ríos más contaminados del planeta, es obvio que surjan dudas sobre la calidad y las consecuencias sobre la salud del consumidor.

Pero hay que tener en cuenta que, tal y como sucede con cualquier otro modelo productivo intensivo, el cultivo de panga a gran escala está ganando terreno a la agricultura, ha producido impactos en los usos del suelo y cambios sociales en las poblaciones ribereñas que han abandonado sus medios de vida tradicionales. Estos hechos, sumados a la elevada huella de carbono asociada al trasporte a grandes distancias de filetes refrigerados o congelados, son algunos de los otros impactos ambientales negativos asociados a su producción.

¿Y si hablamos de consumo?

En España, donde el consumo anual per cápita de pescado es de 42,4 kilos al año -muy por encima de la media europea (24,9 kg) y mundial (18,9 kg)-, la sobrepesca continúa siendo un mal endémico, especialmente en el Mediterráneo (donde más del 93% de las poblaciones de peces evaluadas sufren sobrepesca y algunas están incluso en riesgo de colapso), por lo que resulta un país altamente deficitario en productos pesqueros y, por consiguiente, altamente insostenible en este aspecto.

De hecho, nuestra dependencia de pescado exterior es tan grande que se deben importar grandes cantidades de pescado y marisco para poder satisfacer la demanda interna. Esto crea un comercio internacional muy complejo y con una elevada huella de carbono, en el cual España se sitúa como tercer importador mundial y noveno exportador, situando el panga como el producto estrella de las importaciones. Según datos extraídos de la web datacomex, en 2015 las importaciones españolas de Pangasius fueron de 50.675 toneladas, lo que nos convierte en unos de los países con mayor consumo de panga.

Ahora bien, el panga no es el único producto producido en acuicultura intensiva que genera impactos sobre el medio ambiente. Otros productos como pueden ser el salmón, la perca del Nilo, o bien los langostinos producidos en Ecuador, Tailandia o Indonesia, por ejemplo, están asimismo asociados a graves impactos ambientales. En estos productos también se han constatado presencia de contaminantes y en ocasiones su producción está asociada a la vulneración de Derechos Humanos fundamentales.

Sin embargo, el foco de atención en la gran mayoría de medios de comunicación se ha centrado en la decisión de Carrefour y en las consecuencias que puede tener el consumo de panga sobre nuestra salud, pero se han continuado ignorando los graves impactos socio-ambientales que nuestro modelo de consumo puede ejercer en otras zonas y comunidades muy alejadas de nuestros hogares.

La calidad de los productos que consumimos, en duda

Una de las razones por la que se aconseja comer pescado es porque forma parte de una dieta saludable, siendo uno de los beneficios principales su contenido en proteínas y ácidos grasos Omega 3. Ahora bien, el panga es precisamente una de las especies que destaca por presentar valores bajos de proteínas y Omega 3 -algo inferiores a los que presentan otros pescados blancos como por ejemplo la merluza o la perca-, por lo que su ingesta no resulta particularmente nutritiva, en especial si lo comparamos con las cantidades importantes de Omega 3 que contienen por ejemplo muchos vegetales como los frutos secos y las semillas.
Así pues, aunque generalmente se recomienda una ingesta mínima de pescado por motivos nutritivos, las recomendaciones de ingestas máximas por razones de toxicidad son todavía muy tímidas, y aunque no es la intención alarmar, debido a los contaminantes que pueden acumularse en algunas de las especies más populares, es importante que como consumidores estemos informados. Una información que no está siempre al alcance de todos.

En este sentido, la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) ya informó en 2010 que, como medida de precaución, era preferible no consumir panga más de una vez por semana, puesto que encontró trazas de trifluoralina, un herbicida prohibido en Europa en diferentes muestras que realizó. Un hecho que propició que algunos colegios vascos retirasen del menú esta especie ya en 2011. Ahora bien, en los últimos años, han surgido numerosos estudios que muestran la presencia de trazas de mercurio, cadmio y otras sustancias nocivas, en casi todos los productos de la pesca que consumimos. Y si bien no nos tenemos que preocupar, al menos aparentemente, porque no superan los niveles máximos de toxicidad marcados por la Unión Europea, quizás sí que nos deberíamos preocupar por la exposición crónica a pequeñas cantidades, puesto que está probado que la exposición crónica puede conllevar, por ejemplo, efectos negativos sobre el sistema inmune, el sistema nervioso en desarrollo o el sistema endocrino. Por otro lado, teniendo en cuenta los millones de toneladas de pescado que se trasportan de un país a otro, surge la duda de hasta qué punto está garantizado el control de calidad del pescado que ingerimos.

De los millones de toneladas que pasan por los puestos de inspección fronterizos ¿cuánto pescado y marisco realmente se analiza? ¿Las Comunidades Autónomas están realizando suficientes inspecciones de los productos comercializados en nuestros mercados? Porque de hecho, viendo el poco cumplimiento normativo que hay, por ejemplo, con respecto la información mínima obligatoria que debe mostrarse en todos los productos de la pesca comercializados, es muy posible que los sistemas de control no sean suficientes.

Lo que todos debemos saber

A principios de 2014 entró en vigor el Reglamento sobre la información mínima obligatoria que debe mostrarse en los comercios. Esta normativa, de obligado cumplimiento, representa un gran paso en cuanto al derecho a la información se refiere, pues las personas que quieran contribuir a la sostenibilidad de la pesca a través de un consumo responsable podrían saber, entre otra información, además de la especie y la zona de captura, el arte de pesca utilizado (más  información sobre le etiqueta en «Sin Mala Espina»).

El problema radica en que muy pocos comercios cumplen con esta normativa, y frecuentemente la información facilitada en los mostradores no sólo es escasa, sino que en ocasiones también es fraudulenta. En el caso del panga (así como en muchas otras especies) se han destapado fraudes en los que filetes puestos a la venta como gallos, lenguados o bacalao, eran en realidad filetes de panga. Por todo esto, es posible que realmente no conozcamos lo que comemos.

Es hora de replantearse seriamente la situación y hacer un giro hacia la conservación de nuestros recursos naturales. Es hora de reducir el consumo de pescado, y de proteínas en general, exigir que se cumpla con la información mínima al consumidor en todos los puntos de venta, apostar por el pescado fresco, local y de temporada. Es hora de diversificar al máximo el consumo de especies y apostar por la pesca artesanal y responsable de nuestro litoral.